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A vueltas con el laicismo (I)

El “Laicismo” es otra cosa. Es la posición no-tolerante o incluso abiertamente intolerante y beligerante contra la religión en el ámbito no sólo del Estado y de la Administración pública, sino incluso de la sociedad civil. El laicismo tiene una versión anticlerical, es decir, que se concreta en un enfrentamiento con las estructuras religiosas (las instituciones eclesiales, las manifestaciones culturales religiosas, el clero).

 En principio la palabra ‘laico’ no conlleva un matiz negativo, así como la palabra ‘religioso’. ‘Laico’ viene de ‘laos’, que significa pueblo. ‘Religioso’ se remonta a los verbos latinos ‘relegere’ o ‘religare’. Aquí los filósofos de la religión no se ponen de acuerdo, pero demos por buenos los dos sentidos: la religión como aquello que nos inserta en una tradición y la que nos liga con lo más íntimo del ser, Dios. Pasemos por alto la diferencia.

Si pensásemos un poco, tanto desde el lado de los que militan en una religión como de los que no, la “laicidad” no debería plantear ningún problema de fondo, porque solo viene a consagrar el principio de que el Estado no tiene su fundamento en una determinada religión revelada. Lo que, por otra parte, no significa que la sana laicidad no reconozca lo religioso (sea de esta o de aquella confesión o Iglesia) como un hecho humano, que precisamente aporta razones y motivaciones a la convivencia social. De esto trató el famoso diálogo entre el filósofo J. Habermas y el card. Ratzinger.

Por lo tanto, en el marco de la laicidad sana o positiva se puede dar un Estado a-confesional, pero sensible a lo religioso. A-confesional, porque no se funda ni adopta una religión concreta, pero a la vez, sobre todo si es un estado social, con un marco amplio de colaboración con el ámbito de lo religioso y, por lo tanto, con las distintas Iglesias y comunidades de fe.

El “Laicismo” es otra cosa. Es la posición no-tolerante o incluso abiertamente intolerante y beligerante contra la religión en el ámbito no sólo del Estado y de la Administración pública, sino incluso de la sociedad civil. El laicismo tiene una versión anticlerical, es decir, que se concreta en un enfrentamiento con las estructuras religiosas (las instituciones eclesiales, las manifestaciones culturales religiosas, el clero).

Los que hacen gala de laicismo, del enfrentamiento y la discriminación de lo religioso en la sociedad, proceden de dos matrices ideológicas. Unos y otros, se hacen pasar por almas cándidas que promueven el “interés general”.

Los hay liberales, que exaltan el individuo y creen que el Estado debe intervenir lo menos posible en cualquier cuestión, por eso debe ignorar lo religioso. Para ellos, además, lo religioso es solo una cuestión privada, como mucho congregacional. Esta última tesis es manifiestamente falsa, porque las personas se asocian para ejercer sus derechos religiosos en el espacio público, como otros grupos se asocian por otras opiniones, gustos o prácticas. Luego lo religioso no es solo una cuestión privada, también lo es social.

Pero también hay laicistas de tendencia totalitaria, que creen que el Estado debe intervenirlo y subyugarlo todo. El Estado se arroga el ser el creador o el dispensador del sentido la vida, el forjador de las conciencias y el satisfactor de los anhelos más profundos del corazón humano. Todo esto, eso sí, hoy en día sin retórica religiosa. Esta versión es más vieja que Marx y a ella, con sus matices romanos, se enfrentó ya el cristianismo. En el fondo, no quieren eliminar lo religioso, sino instituir una religión de Estado, con o sin dioses.

Algunos apelan a la historia para sostener y motivar su laicismo. Pero la historia del desencuentro entre la religión, la Iglesia católica en particular, y el Estado, incluso, la sociedad civil, comprende un conjunto de relatos en los que podemos caer en el “quién da más”. Por referirnos a España, ahora campa el laicismo, porque antes triunfó un nacional-catolicismo espantoso, que a su vez vino precedido por una persecución religiosa a sangre y fuego, cuyas causas se remontan al amarillismo de la Iglesia para con la cuestión social, que a su vez está precedida por el descalabro de la desamortización, que tiene como precedente… y así hasta la edad de las cavernas. No hay argumento histórico que no tenga su réplica y contrarréplica.

Podríamos profundizar en todo esto, donde se mezcla la psicología, la educación recibida, la experiencia personal, la manipulación de los medios de comunicación… Pero es menos interesante intelectualmente. Estaríamos hablando del difícil ejercicio de la reflexión racional, que se alimenta a veces de experiencias verdaderamente traumáticas, que no condenaremos lo suficiente. Otras veces, su suelo nutricio es simplemente la superficialidad en la que vive mucha gente. En este punto juega en contra de la Iglesia que vivimos en un mundo en el que pocos educan ni dicen nunca ‘no hagas esto’ y los hombres son como niños que prefieren a la abuelita, que todo lo consiente, y no a sus padres, si es que estos le ponen límites.

(Continuará…)

Por José Luis Loriente Pardillo

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