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De la importancia

Soy de los que piensan que los momentos de crisis generan muchas cosas malas y buenas, lo mejor y lo peor de cada individuo, de cada casa, de cada sociedad, de cada sistema de gobierno. Pero, sobre todo, es el momento de ver lo que realmente importa y lo que no.

En estos días —meses ya y lo que nos queda— la mayoría estamos encerrados y otros muchos andan dejándose la piel para curarnos, investigar, traernos de comer, limpiar, desinfectar, vigilar lo vigilable, cuidar de los mayores y los discapacitados, fabricar, transportarnos, arreglar nuestros ordenadores (que andan que echan fuego), vendernos alimentos, tabaco, medicinas o lo que sea y atender muchos servicios que ni siquiera recordamos —nunca podremos pagarles de verdad el esfuerzo de tantos—. En estos días, insisto, nos podemos dar cuenta de lo que en realidad es importante y de lo que, siendo bueno o interesante, no es de lo que llaman "primera necesidad".

Cierto que cada cual piensa que lo que hace o lo que le gusta ver, disfrutar o compartir es muy importante, así que sin hacer de menos a nadie, pero intentando poner en su sitio las cosas que tienen que estarlo —a mi modo de ver, claro—, me pongo a la tarea aún sabiendo que corro el riesgo de que se me encabrite más de uno, seguramente cargado de poderosas razones y argumentos eficacísimos que podrá arrojarme a la cara con todo su derecho y para mi vergüenza.

El deporte espectáculo de masas, con participantes que generan ingresos y perciben millonarios emolumentos, no es necesario. Entretiene, agrada a muchos, desfoga tensiones y crea puestos de trabajo, pero no es imprescindible; sobre todo a la vista de las diferencias en lo que gana un futbolista de élite y un investigador médico.

La multitud de políticos y adjuntos a la política que tenemos en una enorme cantidad de instituciones tampoco es necesaria. Quiero decir no todos sino sólo unos cuantos, una cantidad menor —¿la mitad? ¿un tercio? no lo sé: los que realmente trabajan son los que se necesitan—.

Todo aquello relacionado con la moda, los desfiles, la parafernalia del vestir, porque casi todos tenemos más de lo necesario y las chorradas de las pasarelas son pura fatuidad. Cambiar de abrigo cada temporada porque las solapas ya no están de moda es lo más superfluo del mundo. Podrá volver a existir cuando el encierro pase, pero no es necesario.
Unido a lo anterior, es prescindible esa tendencia brutal del sistema de mercado que nos lleva al "usar y tirar" continuamente (ropa, electrónica, fruslerías, teléfonos, etc.). Y no digamos cuanto viene impuesto por la perversa obsolescencia programada. El llamado estado del bienestar nos lo han cambiado por el estado del derroche.

Los programas y revistas llamados "del corazón", la prensa más amarilla, los buscadores de la tontería de los famosos... todo eso sobra, no es necesario ni siquiera para los que se entretienen con ello, porque en realidad lo que hacen es adocenar con un mediocre, burdo y peligroso entretenimiento.

Seguramente al lector se le ocurrirán muchos más aspectos superfluos y otros necesarios. Yo sólo apuntaré tres que me parecen absolutamente imprescindibles:
Necesitamos imprescindiblemente a los científicos que investigan tratamientos y vacunas para esta pesadilla.
Necesitamos de la solidaridad de todos, unos con otros, para darnos apoyo físico, intelectual y emocional.
Y necesitamos, aunque apenas nos demos cuenta, la cultura. Todo eso que ahora nos está ayudando: libros para leer, música para escuchar, imágenes para ver, reflexiones para compartir; sean en papel, cine, teatro, televisión, ordenadores u otras pantallas.
La cultura en vivo tardaremos en volver a disfrutarla y para entonces continuará siendo una fruslería, un elitismo despreciable, algo poco rentable para los que manejan el poder o para los que no se enteran. Será de lo último que vuelva a aparecer en nuestras vidas tras el confinamiento, pero mientras tanto nos está manteniendo cuerdos a muchos entre tanta locura. Como ha hecho siempre.

Saldremos. Siempre se sale de todo, pero lo verdaderamente importante es que salgamos mejores y no tan insensibles y brutos como siempre.

(Enrique Gracia Trinidad)

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