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Cuando un amigo se va

El pasado día 10 de Enero falleció nuestro amigo Paulino García.  Rayaría lo absurdo que me entretuviera en halagos baladíes porque todos sabemos que su corazón  era tan grande como su cuerpo, pero sí es momento de recordar la mejor etapa de nuestras vidas, eso que llamamos juventud.

Nuestra pequeña pandilla estaba formada en un principio por Paco, Jose, Vitín, Javi, Sergio, Mariano y un servidor. En 1969 se unió Paulino, tres o cuatro años más joven que el resto de nosotros, convirtiéndose en el benjamín grandullón, y como privilegiado benjamín le tratamos.  En seguida su juventud, su bondad, y su inocencia nos sedujeron dando inicio a una gran amistad.

Recuerdo el día que se presentó en mi casa con una escopeta de perdigones. Venía desde la Plaza de España, bajando majestuosamente por la calle mayor,  con el arma al estilo Clint Eastwood, sin funda y con el dedo en el gatillo.

-Tengo una escopeta –me dijo–, vente conmigo que nos vamos de caza.ccineAño 1971. De izquierda a derecha: Carlos (Museo del Cine), Javi (Boticario), Jose, Paco (Cacharrero), Paulino y Mariano. Abajo: Paco (Grillo)

Jamás había visto yo tan cerca una escopeta y, ávido de aventuras, dejé todo y nos fuimos de caza al Santo. Después de toda la mañana rozando con los perdigones la cabeza del Tío Candongo, y de todo animal –racional e irracional– que se acercaba a la fuente, no logramos cazar ni un solo pájaro. Tampoco acertamos a las piedras, botellas o ramas que nos servían de blanco, pero lejos de volver decepcionados, los dos regresamos al pueblo con la sonrisa puesta. Fue lo más contagioso que siempre tuvo mi amigo: su sonrisa.

Por las tardes nos juntábamos el grupo, dábamos vueltas por el pueblo, y nos gastábamos lo poco que teníamos en tomar unos cortos en casa de Pichi. Entonces no había móviles, ordenadores o tablets para distraerse, así que decidimos entretenernos con las aceitunas. El buen camarero, con la ronda de cortos nos ponía un pequeño plato de aceitunas y nosotros, para animar el ambiente, competíamos a ver quién se llevaba la más grande.  El problema era que para ello había que estar muy atento al camarero y a su mano para no quedar el último.  A veces, antes de que  Pichi soltara el plato en el mostrador, ya estábamos todos pinchando las aceitunas. El pobre hombre veía peligrar su mano pero, aun así, no soltaba el plato por temor a que se rompiera.  Finalmente tomó una sabia decisión: cuando había de servirnos el aperitivo, él mismo pinchaba las aceitunas y nos las daba una a una.

Jamás se me olvidará la atrevida decisión que tomamos a nuestros catorce años.  A todos nos gustaban los exquisitos pasteles de La Tía Javiera, pero pocos los comíamos. Sin embargo en las bodas se repartían en bolsas, y nosotros pocas veces estábamos invitados. Había que remediar semejante injusticia y decidimos asistir a todas las bodas que se celebraran en el pueblo.

Para interpretar bien nuestro papel, nos vestíamos elegantemente, íbamos a misa como chicos buenos y después, en procesión y escabullidos entre la gente,  nos colábamos sin ninguna dificultad en el lugar del banquete a esperar que nos sirvieran. Como era gratis, casi siempre repetíamos.  Durante más de un año asistimos a todas las bodas del pueblo pero, eso sí, éramos muy educados. Cuando ya teníamos nuestros estómagos rebosantes de muertos, pucheros y rosquillas, nos acercábamos a la mesa presidencial para dar la enhorabuena a los novios. Entiéndase: sólo de palabra.

Pero llegaron mis diecisiete años y conocí en Belmonte a una preciosa chica que se llamaba Loly. Yo quería verla todos los días pero no tenía carnet, así que logré convencer a mis padres para que me pagaran la entrada de una moto Movilette nueva que me vendió El Bolito.

¿Se imagina usted, estimado lector, qué es lo primero que hice con mi nueva moto? Pues sí. Ir a buscar a mi amigo.

-Paulino –le dije– mira qué moto he comprado, deja todo y vamos a dar una vuelta.

Era la primera vez en nuestras vidas que mi amigo y yo subíamos en una moto, zigzagueábamos, nos caíamos al suelo y vuelta a empezar.

-Seguro que por la general vamos más derechos –me aconsejó Paulino.

-Pues vamos –le contesté sin dudarlo.

Verdaderamente tuve que hacer grandes esfuerzos en guardar el equilibrio porque mi amigo pesaba demasiado y la moto era un simple ciclomotor monoplaza de 49 cc.

Los dos caímos al asfalto. Nuestros huesos seguían en su sitio, pero cuando levantamos los ojos allí estaban los motoristas con sus Sanglas. Primero nos ayudaron a levantarnos en plena Nacional III, y después, sacando una libreta roja, comenzaron a escribir una formidable denuncia. No dijimos nada a nuestros padres y cada tres meses llegaba a mi casa otro aviso de multa con un nuevo recargo. Afortunadamente, años después,  tuvo lugar la coronación del Rey Juan Carlos, se promulgó una amnistía general y la multa quedó para siempre en el olvido.

Probablemente para los muchachos de hoy todas estas travesuras sean actos pueriles y extremadamente inocentes de unos jovencitos que querían ser hombres, pero denotan la forma de ser y de estar en una determinada época.

   Espero que tú, querido amigo Paulino, me disculpes por esta última jugarreta que te estoy haciendo descubriendo nuestros pequeños secretos, pero comprenderás que  una persona que ha transmitido tanta alegría no debe ser recordada con tristeza.  Me imagino tu inconfundible risa cuando sepas que estoy escribiendo estas historias. Seguro que se te escapará alguna lágrima y, tratando de engañarme, la disimularás entre alguna gota de lluvia.

Algún día nos encontraremos de nuevo y volveremos  a reírnos y a recordar aquellos viejos tiempos. Por cierto: ¿Se puede hacer alguna trastada por ahí arriba?  Mientras tanto, los corazones de quienes hemos gozado de tu amistad, lejos de tener algún hueco, están henchidos de estos y otros recuerdos que siempre mantendrán viva tu memoria.

Adiós, amigo. Siento que estas pocas letras sea lo único que puedo hacer por ti. Seguro que allí arriba, si te dejan, harás tú más por nosotros.  Descansa en paz.   

Carlos Jiménez

Un amigo

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